lunes, 5 de abril de 2010

Primeras impresiones (III)

“Será mejor que contestes ya o pensara que tienes un ligero retraso mental” una voz me advirtió, muy sabiamente en mi cabeza.
-André-contesté con voz indiferente para devolverle la pregunta-¿Y tú eres…?
El sudor de mis manos parecía estar remitiendo y los nervios estaban algo más calmados.
-¿Acaso estas sordo?-su respuesta me dejó algo desconcertado ¿Sordo?-Acaban de decir mi nombre hace cinco minutos…-ah claro era eso. Tenía razón, conocía su nombre pero ¿qué esperaba que hiciera? Lo mínimo era responder la pregunta…o por lo menos era lo típico, y yo, en cuanto a relaciones sociales, era lo más típico del mundo.
-Puede que lo esté para las cosas que no me interesan-no pretendía ser borde con ella, es más, me sentía afortunado por mi suerte nada más llegar, el destino había decidido que me sentara con aquella misteriosa muchacha y que pudiera hablar con ella, pero si se ponía a las malas se iba a topar con la horma de su zapato-Sanpietro si no recuerdo mal ¿verdad?-me miró con algo que se me asemejó a desprecio. No creía que fuera pecado no conocer su nombre diez minutos después de haberla conocido.
-Si, Sanpietro. Pandora Sanpietro.-hizo una pausa y me analizó de una manera demasiado analítica, como si estuviera intentando sacar los más oscuros secretos de mi persona solo con la mirada.
-¿Nunca te han dicho que mirar así es de mala educación?-no pude evitar decir algo para que cesara su examen sobre mí. No me gustaba que la gente hiciera cosas así y ella no iba a ser una excepción.
-¿Educación?-rió con sorna como si aquello que yo había dicho fuera lo más absurdo y estúpido que sus oídos hubiera escuchado-mis parámetros no me los marca lo políticamente correcto ni lo que entra dentro de la buena educación.-sonrió de medio lado casi con algo de malicia, sintiéndose segura, como si estuviera aplastando a un insecto. A mí.
Sus palabras fueron como un jarro de agua fría. Aquella era más dura de lo que yo me pensaba, y debajo de su aspecto de diosa se escondía una víbora, o eso me estaba pareciendo.
-¿Entonces por qué te riges tú? Bueno, es bastante obvio. Las niñas de papá siempre os regís por el “hago lo que me da la gana”-pareció molestarse, aunque lejos de encontrar furia en sus ojos encontré diversión.
-Vaya, ¿te atreves a juzgarme y a acusarme de algo tan duro sin conocerme?-podía tener razón, y quizá me hubiera precipitado, pero estaba seguro de que no me equivocaba al encasillarla en el grupo de niñas mimadas e imbéciles, las cuales tienen como mayor aspiración comprarse el último bolso de Prada.
-Me estas obligando a ello. Precisamente tu presentación ha sido de todo menos cálida y simpática-quise rebajar un poco las revoluciones, era posible que me estuviera sintiendo atacado por el simple hecho de que era nuevo e intentaba hacerme valer.
-Las personas como tú no merecen mi simpatía. Y encima eres nuevo, porque no recuerdo haberte visto nunca y yo conozco a todo el mundo que se mueve por aquí…-la miré atónito, sin creerme lo que estaba diciendo. Vale quizás yo me hubiera excedido pero aquello era pasarse.
-¿Las personas como yo? ¿Y como soy yo? No me conoces a si que no me juzgues ¿vale?-empezábamos bien…
Sonrió triunfal, como si yo mismo hubiera firmado mi sentencia de muerte. Aquella chica sería hermosa pero era desconcertante y demasiado altiva para mi gusto. Algo me dijo dentro de mi que el buen rollo entre ambos iba a brillar por su ausencia.
-Te acabo de pagar con tu misma moneda, chico nuevo. Tu me llamas niña de papa y yo te pongo en una categoría de personas, no definida, pero que seguro que intuyes que no es a la que más aprecio tengo.-quería pelea, y su vanidad la obstaculizaba el cometido de ser agradable. De acuerdo, no hay peor desprecio que no hacer aprecio como habría dicho mi padre.
-Me da igual la categoría en la que me pongas. Si te aburres búscate otra cosa con la que divertirte, no pienso entrar en tu juego-la miré por última vez y desvié mi atención al profesor, que repartía en ese momento unas hojas para cada uno. Pero sentía que ella no dejaba de penetrarme con la mirada. Resoplé cansado pero no volví a mirarla hasta que ella no me dirigió la palabra unos segundos después.
-¿Jugar yo?-sonrió con aquella prepotencia suya que tan poco me estaba gustando-En fin, conversar contigo no me lleva a ningún sitio.-hizo un mohín de desagrado mientras me miraba una vez de arriba abajo. Puse los ojos en blanco, conteniendo la risa por aquella situación tan surrealista-Pero ya veremos si es verdad que te da igual la categoría en la que te ponga.
-Mira, no se quien te crees que eres pero déjame en paz de acuerdo. No me hables ni me mires, tan solo con pensar que tengo que seguir soportando esto el resto de curso en la mitad de las clases me da ganas de vomitar-lo solté, visiblemente molesto, cosa que no era para nada usual en mí, hacía falta mucho para que yo llegara a los rasgos más extremistas de mi carácter como eran la bordería y el enfado.
-El niño se cabrea-sonrió con ganas mientras su amiga situada delante de nosotros se daba la vuelta y la sonreía de manera cómplice sintiéndose orgullosa del comportamiento de su amiguita. Me reí mientras hacía un gesto de negación con la cabeza, aquello daba risa. Pobres niñas de papá.
Allí acabó nuestra primera toma de contacto, no quería que saltaran más chispas aquel día, pero sabía con seguridad que el curso era muy largo y aquella chica me iba a dar más problemas de los que yo pretendía tener.
Aún así un sentimiento de decepción me invadió en cuanto recibí en mis manos el horario del curso. Realmente había tenido la esperanza de que si el destino nos había unido allí sería por una razón mejor que la de joderme a mí el principio de curso. Tenía la estúpida esperanza de que fuera tan bella por dentro como lo era por fuera, pero estaba claro que aquella suerte era algo imposible. Nadie era perfecto y, Pandora, no iba a ser una excepción a la extendida regla. Sabía que era odiosa, prepotente y estúpida pero aún así algo en mi interior quería llevarse bien con ella, intentar agradarla, parecerla simpático...Pero no, ni siquiera yo era tan idiota como para rebajarme a esos términos y menor por alguien como aquella chica.
La sirena de la primera hora me sonó como la melodía más preciosa que hubiera escuchado. A la siguiente hora me tocaba literatura y a la tercera filosofía. Ambas se me hicieron eternas, aunque los profesores no me desagradaron en demasía. Parecían normales, nada extraordinario. Lo más interesante fue sin duda el poder examinar a la gente entre clase y clase. Desde luego había de todo por allí. Había algún que otro heavy, creo jurar que vi un par de góticos, dos chicas con aspecto de emo, skaters entre otros, pero sobre todo mucho niño pijo rico, o eso querían aparentar.
Era la hora del descanso de media hora, el momento más temido para los nuevos, aquel momento en el que si estabas solo todo el mundo lo sabría y te miraría murmurando algo como "Ese es nuevo ¿no?" Para cualquier otra persona eso habría supuesto un problema, un bajón de ánimos, pero no para mí. No tenía porque salir a la calle si quiera e incluso podía coger mi bicicleta y dar una vuelta lo bastante larga como para volver a la hora justo del retome de las clases. Decidí dejar la excursión por el centro para otra ocasión y explorar un poco aquel lugar. Estaba cuidado, las paredes de los pasillos permanecían aún del color cobre en el que su día las había pintado, los radiadores seguían igual de blancos e impolutos que el día en que vinieron a colocarlos. Desde luego las multas por dañar el mobiliario comunitario debían de ser muy altas si no no se explicaba tal hecho. Andando y andando, con la mochila acuestas llegué hasta un par de puertas verdes abiertas de par en par, eché una ojeada al gran salón. Según ponía en el letrero superior aquel era el salón de actos. Lo que había situado en el escenario consiguió sacarme la primera sonrisa de la mañana. Dos guitarras, un bajo, una batería y un teclado. Miré sorprendido a los lados, viendo si alguien me hacía compañía. Negativo. Me adentré, caminando a prisa hasta donde vi la preciosa Fender Stratocaster en rojo eléctrico.
¿Quien se dedicaba a tocar aquella clase de instrumentos en un instituto como aquel? No pegaban mucho, y menos aún encima de aquel escenario. Los conciertos de rock en los institutos no eran de lo más común. Dejé mi mochila en el suelo y comprobé de nuevo que no había nadie más. Agarré el mástil de aquella maravilla y la saqué del soporte, la colgué de mis hombros hasta que ella se acomodó a mi cuerpo y quedó en la postura idónea. Hacía tanto tiempo que no tocaba que tenerla entre mis manos me hacía sentir como si tuviera catorce años de nuevo. Podía oir a mi profesor pidiéndome que repasara la escala pentatónica y que me pusiera en el centro para que me vieran mis compañeros. Aún sabiendo que la verguenza me propasaba el insistía en ponerme siempre de ejemplo para los demás. Comencé a mover mis dedos por el mástil recordando aquel ejercicio, lo hice una vez y otra, lo mezclé con algunos acordes de alguna canción que ya había caído en el olvido...
-¿Suena bien mi guitarra verdad?-me sobresalté y corté bruscamente los acordes para mirar en dirección a la voz que me hablaba desde la puerta. Joder, ya la estaba cagando el primer día.
-Tío lo siento, no era mi intención-me disculpé mientras colocaba la Fender de nuevo en su soporte. Estaban él y otros dos, apoyados en la puerta mirándome con una mezcla de asombro, malestar y algo mas que no pude descubrir.-No pensé que fueran de nadie en particular, imaginé que serían del instituto...
-¿Tocabas Billy Talent?-volvió a hablar el mismo que lo había hecho al principio, que me seguía observando con los brazos cruzados y con una sonrisa que no terminada de entender. Se suponía que tenía que estar cabreado conmigo echándome de allí de una patada en el culo, no preguntándome cuales eran mis preferencias a la hora de tocar la guitarra. Todo aquel día era desconcertante.
-Si, era Billy Talent. Los primeros acordes de Try Honesty, siempre fue mi favorita-no sabía que hacía dándole explicaciones, pero ya daba igual.
-Buena elección, aunque te equivocas en uno.
-Pues seguramente tengas razón. En fin, da igual me voy. Siento haberos molestado.-cogí mi mochila y me la colgué del hombro, era hora de salir de allí.
Pasé por su lado de camino a la puerta pero su mano en mi hombro me hizo parar.
-Eres bueno ¿sabes? Te hemos estado escuchando desde que has empezado a tocar-miró a sus dos compañeros y ellos asintieron, como dando su aprobación a algo que a mi se me escapaba.-Mira, no te conozco ni recuerdo haberte visto pero puede que necesitemos un nuevo guitarrista si no arreglamos ciertos problemas entre hoy y mañana.-hizo una pausa y sonrió mientras me golpeaba la espalda-¿Te interesaría?
-Espera, ¿no conoces ni mi nombre y me ofreces una plaza ahí arriba?-les miré estupefacto por su invitación. Parecían buenos tíos y tenían pinta de ser normales, sin pretensiones de aparentar lo que no eran.-Creo que acepto-sonrieron todos y parecieron respirar tranquilos como si mi respuesta fuera de una importancia vital.-¿Os ha fallado?-pregunté refiriéndome a quien ocupaba en un principio la otra guitarra colocada en el escenario.
-Podría decirse que sí, desde que esta con su chica parece que el resto de mundo no existe y eso no nos gusta. A si que esta fuera, tu nos has gustado y, bueno, ¿Por qué no darte una oportunidad? Por cierto soy Javi-me tendió la mano y yo hice lo propio.
-Yo soy André, acabo de llegar hoy aquí.
-Ya decía yo que no me sonabas tío. Ellos son Carlos y Enrique.-señalo a cada uno al decir su nombre y ambos me dieron la mano. La puerta se abrió y apareció a nuestro lado la persona a la que menos ganas tenía de encontrarme allí. Me miró sin darle importancia al hecho de mi presencia, su mirada se centro en mis otros tres acompañantes.
-¿No está Sebas?-preguntó con el mismo tono que había empleado conmigo en clase. Como si hablara a alguien inferior a ella en todos los sentidos. Javi tomo la palabra.
-No, aquí no está. ¿Vienes solo por joder o porque en verdad se te ha escapado tu perrito?-miré la escena palpando la tensión con todos mis sentidos. Aquello lo explicaba todo, su guitarrista les había dejado tirados por la pelirroja. Era peor que una bomba de destrucción masiva.
-No es mi problema que el reordenara sus prioridades. Si os dejó tirados fue porque supo identificar que era mierda y que era oro.-los ánimos se estaban caldeando demasiado y me daba la sensación de que alguien se iba a tirar a su cuello.
-Haya paz muchachos, a las zorras se las va la fuerza por la boca ¿verdad, Sanpietro?-una nueva muchacha entró en la acalorada escena. Era castaña, tenía el pelo a media melena y unos ojos castaños grandes y expresivos. Era más bajita que la causante de aquel malestar pero se notaba que eso no rebajaba la confianza en si misma.
-Marina, que grata sorpresa-remarcó perfectamente el sarcásmo por si acaso nos quedaba alguna duda.-me voy, no vaya a ser que se me pegue algo.-se dió la vuelta y desapareció con sus andares perfectamente estudiados.
-Parece que no es solo así conmigo.
-Espera ¿la conoces?-preguntó Carlos, que hasta ahora no había intervenido en la conversación.
-Si, nos sentaron juntos en clase.-mis acompañantes estallaron en risas para después apiadarse de mí.
-Lo siento tio de verdad. No sabes lo que te espera, esa tia es lo más estúpido que te puedas encontrar. Pero, ironías de la vida, es, como dirían en cualquier película americana, la abeja reina. Controla todo, no hay tio en este lugar que no se haya fijado en ella. Y las tias se pegan a ella para que por lo menos las reconozcan como sus amigas.-las palabras de Javi, no me desalentaron tanto como yo esperaba que lo hicieran.
-Es penoso.-remarcó Marina avergonzada mientras gesticulaba enérgica con los brazos.-Cualquier tio que se fije en ella merece la hoguera.-nos miró con una mirada asesina que realmente daba miedo.
¿La hoguera? Entonces yo ya conocía mi destino...

jueves, 4 de marzo de 2010

La realidad supera a la ficción...(II)

La casa no era ninguna maravilla de la arquitectura. Simple, homogénea, sencilla. Muy acorde con los habitantes que la iban a ocupar. Mi padre y yo.
La ubicación daría por satisfechas mis necesidades en un futuro, estaba cerca del centro y el barrio parecía tranquilo y perfecto para encontrar pequeños refugios donde hacer cualquier cosa en soledad. La idea me pareció tan atractiva que hasta yo mismo me dí pena. Era algo triste tener esa mentalidad con diecisiete años. La soledad nunca lleva a nada bueno, como solía decir mi madre. Me estremecí al recordarla, hacía tanto tiempo que la había apartado de mi mente que me asusté al no saber si era capaz de recordar el color exacto de sus ojos.
La voz de mi padre me sacó del ensimismamiento en el que me había dejado sumergir.Hice caso de su petición y cogí las dos maletas que quedaban aún en el coche, volviendo a reparar por un momento en el entorno. El barrio era de clase media, nada lujoso ni con aires de grandeza, incluso parecía acogedor y se me asemejaba a un pequeño remanso en el bullicio agitado de la urbe madrileña. Cerré el maletero y me encaminé a la puerta que mi padre sujetaba a duras penas con el pie mientras intentaba responder a su teléfono. Al entrar la confortable sensación no desapareció. Giré sobre mis talones echando un ojo al mobiliario, poco elegante, que decoraba mi nuevo hogar postizo. -Al menos es...-pensé la palabra con sumo cuidado. No quería herir sentimientos-¿Utilitaria?-no sabía si aquella palabra existía según la RAE pero seguro que mi padre me entendería. Colgó el teléfono y me miró con expresión de "¿Qué has dicho?". Resoplé.
-¿Dónde está mi habitación?-cogí de nuevo las maletas ya dispuesto a encaminarme escaleras arriba al segundo piso.
-Eh..-seguía con su teléfono-la primera a la izquierda. O no. Espera creo que eso era el baño...Bueno da igual la del final del pasillo es la mía. De las otras dos elije la que quieras, porque dudo que quieras la boardilla-acto seguido desapareció rumbo al coche.
¿Boardilla? Sonaba bien. Según ascendía pensativo deseé que estuviera, al menos, libre de ácaros y polvo. Aunque fuera un espacio reducido no me importaría establecerme allí, sería luminosa y tranquila y podría tumbarme en el suelo para ver el cielo por la inclinada ventana.
El segundo piso era todo pasillo con habitaciones a ambos lados. No muy grandes ninguna de ellas pero suficiente para nosotros. Seguí subiendo escaleras hasta que llegué a la boardilla. La ventana estaba cubierta de polvo, en consecuencia la luz que iluminaba mi futura guarida era un poco pobre. Dejé las maletas en el suelo y comencé a examinarla cuidadosamente, mirando en los cajones de la mesa del escritorio, en el armario con olor a naftalina, en un baúl de madera vieja que había cerca de las escaleras. Todo habría estado vacío si no fuese porque estaba lleno de polvo. Oí unos pasos rápidos ascendiendo por la escalera. Apareció mi padre con una plena sonrisa a cuestas y se puso con los brazos en jarras, haciendo lo mismo que había hecho yo minutos antes. Examinar.
-¿Te quedas aquí?-asentí-Te va a tocar limpiar mucho, André. Yo tengo muchas cosas que hacer, si te quedas ya sabes lo que toca. No pienso dejar que vivas entre mierda-"no piensas dejar que viva entre mierda pero no vas a sacar un minuto de tu tiempo para ayudarme a limpiar lo que será mi habitat durante los próximos...¿7 meses?" desvié mi mirada de la suya.
-Esta bien, no te preocupes yo limpiaré...-asintió satisfecho y bajó apresuradamente por donde había venido. Torcí el gesto al verme allí de nuevo solo.
-Joder....solo con la porquería de la ventana podría crear un vertedero-sí, me gustaba exagerar. Me acerqué y pasé un dedo por el cristal. Error. Al instante me arrepentí de haberlo hecho. El negro no me favorecía. Quizá no exageraba... Después de aquel momento tan desmotivante me dejé caer en el desnudo colchón, y poco a poco me arrastraron las ganas de caer en brazos de Morfeo. Solo deseaba no soñar con ácaros y fregonas.

Los cinco días siguientes se pueden resumir en 4 palabras. Cepillos, fregonas, comida-precocinada y estornudos. Los "me cago en..." ,y diversas blasfemias, también estuvieron muy presentes. Si por algo se caracterizaba mi padre era por ser poco sufrido, y a él eso de limpiar, aunque fuera para él mismo, le hacía la misma gracia que a Amy Winehouse ir a rehabilitación.
Decidí saltarme el primer día de instituto, mi padre no opuso resistencia ya que se fue a trabajar y vivía demasiado sumergido en su mundo como para enterarse de que día comenzaba su hijo su último año académico en el instituto. Preferí asistir el segundo, por el simple hecho de que las cosas estarían más calmadas, la agitación sería menor...O eso esperaba.
Yendo en bicicleta me pillaba a unos quince minutos de casa, era público pero estaba en el centro, por lo tanto el ambiente sería algo exquisito, de eso estaba seguro. No estaba en ningún barrio obrero de la periferia, y eso se notaría. Me lamenté de mi suerte y aparqué mi bicicleta en un soporte que había a la entrada junto a otras ya estacionadas.
Mi Ipod seguía ambientándome, y hacía que ese momento pareciera más fácil, más ajeno, más ficticio..."Venga André, tu puedes, lo has hecho miles de veces. Una más no romperá el saco..." Me repetía a mi mismo mientras caminaba con la mochila en el hombro y las manos en los bolsillos de mis vaqueros; la camisa de cuadros abierta, una camiseta sencilla por dentro, Converse roídas por el roce contra la tabla. Tenía que habituarme a patinar con otro calzado.
Me eché el pelo hacia atrás, suspiré resignado y entré entre el bullicio. Una vorágine de adolescentes charlaba, gritaba y andaba apresurados en el hall. No me dejé impresionar.
Saqué la carta que me habían mandado hacía unos tres días del bolsillo con toda la información necesaria. Aula 32, edificio 3, 2º B. El camino se hizo inusualmente corto a pesar de que tuve que cambiarme de edificio. Cuando llegué aún no habían entrado, se oía el alboroto en el pasillo. Caras curiosas se posaron sobre mí cuando, decidido, entré en la clase con la mirada fija en algún punto muerto, en el suelo...en cualquier lugar que no fuera directamente la cara de ninguno de los que serían mis compañeros. Odiaba los primeros días. Observé como un grupo de chicas se daban la vuelta y cotilleaban algo. Me senté en un sitio pegado a la pared, tiré la mochila en la mesa y me sumergí en mi lista de reproducción. Aunque ni siquiera me dio tiempo, un profesor alto, delgado y con pelo blanco y cara de despistado entró por la puerta. Traía consigo un libro, unas hojas y unas gafas a medio caerse a la mitad de su pronunciado tabique. Guardé mi preciado tesoro en el bolsillo y me quedé observándole mientras pedía con voz enérgica que cada uno ocupara su asiento. El nivel de obediencia y rapidez me dejó gratamente sorprendido. Comenzó a pasar lista.
-André Romero -dijo mi nombre y varios se volvieron intentando buscar al desconocido al cual acababan de nombrar. Paseó la mirada intentando encontrarme, yo levanté el brazo ligeramente dándome a conocer. Pero el proceso quedó interrumpido, y la atención hacia mí suspendida, por el ruido de el picaporte al abrirse y por unas risas femeninas.
Dos muchachas, entraron en el aula y la primera se quedo mirando al profesor con cara de disculpa. Era castaña, de mediana altura y vestida con un atuendo que la aportaba poca personalidad, aunque se notaba que era ropa de calidad.
-Pandora Sanpedro-volvió a retomar su tarea colocándose las gafas.
-Sanpietro-corrigió una voz firme.
Al ver entrar a la susodicha no pude evitar recomponerme en mi silla y abrir los ojos más de lo usualmente necesario. Una rica melena rojiza adornaba su cabeza cubriéndola de suaves ondas que se asemejaban a un mar en llamas. Pude observar su sonrisa, blanca y exultante y sus ojos de un color hierba intenso. Tragué atónito retirándome el pelo hacia atrás. Algo ajeno a lo meramente superficial le aportaba un aura, para mí al menos, irresistible. Comenzaron a sudarme las manos, estaba sorprendido, extrañado, nervioso...¿Podía existir tal casualidad? El destino era caprichoso. Aún la recordaba, allí, próxima al paso de cebra, descendiendo ágil de la Vespa, aireándose el pelo con gracia. Joder era la muchacha por la que había obligado a mi padre a tocar el claxon. Me sentí estúpido. Aquellas cosas no ocurrían. Solo eran ficción.
Caminó airosa hasta sentarse con su acompañante en una mesa al fondo. Yo y unos cuentos más la seguimos con la mirada. Vestía una acertada y vaporosa camisa verde que hacía conjunto con sus ojos, un bolso en vez de mochila y unos pantalones blancos que realzaban su curvilínea y espectacular figura.
-Ustedes dos no pensaran sentarse juntas de nuevo ¿verdad?-preguntó retórica y arrogantemente el profesor, mirándolas fijamente a ambas.
-¿Algún problema profesor?-contrapuso la pelirroja.
-Ayer ya tuve suficiente. Usted misma cámbiese allí a aquel sitio libre.-su dedo apuntaba hacia mí. Miré mi asiento contiguo. Estaba vacío. ¡Mierda, mierda, mierda! Me obligué a serenarme y la miré indiferente mientras retiraba mi mochila de la mesa.
-No pienso moverme de aquí-afirmó tras regalarme una breve mirada de soslayo.
-¿Disculpe? ¿Cómo ha dicho?-preguntó el profesor enjuto mientras se quitaba las gafas, dándole aquel gesto mucho más énfasis a la pregunta.-Usted no es quien para cuestionar mis decisiones, señorita Sanpietro.
-No opino que le haya dado ningún motivo hoy como para que tome esa decisión-se la veía tranquila y serena, dueña de la situación. El resto de cabezas de la clase observábamos la escena como en un partido de tenis.
-De acuerdo. Denle las gracias a su compañera. A partir de hoy en todas mis clases se establecerá la colocación por orden de lista. Punto final-todo el mundo estalló en quejas y reproches, pero ninguno dirigida hacia ella. Sorprendente. Parecía que caía en simpatía aún comportándose como lo hacía.
Nos obligó a todos a levantarnos, aunque en mi caso fue algo inútil puesto que me tocó en el mismo sitio. Para ella no lo fue tanto. Le tocó a mi lado.
Su mirada era inquisitiva, dura y parecía que me estaba reprochando algo.
-¿Y tú eres...?-preguntó con desdén tras habernos situado y calmado todos. Callé unos segundos y la miré.
Aquello me iba a resultar más difícil de lo que creía.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Hacia un nuevo destino. (I)



El relieve español era ya un miembro más de nuestra pequeña familia, si se podía llamar así a lo que mi padre y yo habíamos formado desde el fallecimiento de mi madre. Cada diez meses a lo sumo llegaba el fatídico mensaje, llamada o correo del periódico en que mi padre gastaba su tiempo vivamente, poniendo todo su empeño y su alma en su trabajo, comunicándole que se anunciaba un nuevo traslado. Las cosas no habían sido así hacía unos años.
Miré de nuevo por la ventanilla del Jeep plateado que tantos kilómetros de la geografía española llevaba recorridos. De Cataluña a Galicia; de Galicia a País Vasco; de las tierras altas hasta la sureña Andalucía; a Sevilla, con su color especial y con su Feria de Abril; a la solitaria Extremadura. Por extraño que pareciera aún no había empezado a aborrecer mi país, y quizá fuera por la pasión que mi padre, Matías, mostraba por el en cada uno de los reportajes que hacía. Tenía un humilde empleo en un importante periódico español, hacía las funciones de fotógrafo y escritor. Era todo un bohemio, y de tal palo tal astilla, como bien dice el refranero.
Pude distinguir algunos carteles de señalización, muchos más seguidos que en nuestra travesía por Castilla. Madrid. Guadalajara. Toledo. Indudablemente indicaban la proximidad que había entre la capital y nosotros. Hacía muchos años que no visitaba Madrid, o al menos eso me parecía a mí...quizá jamás hubiera estado.
-¿Que tal lo llevas hijo?- la voz de mi padre sonó como un molesto despertador en una mañana de resaca.
-Eh...-lo pensé un momento, desviando mi mirada distraída de la ventanilla.-Bien, papá-intenté acompañar a mis palabras con una sonrisa deseando que la misma quedara plasmada en el tono de mi voz. Por la expresión cómplice de mi padre en el retrovisor pude deducir que así había sido. Las mentiras merecían la pena si conseguían sacarle una sonrisa.
Le dí de nuevo al play de mi mp4. The Kooks comenzaron a sonar otra vez. Seaside, sin duda una de mis canciones predilectas. Cerré los ojos, deseando dormirme y no pensar en lo que me esperaba...Otra vez. Pero el ardiente sol de primeros de Septiembre que me impactaba de lleno en la cara me lo ponía difícil. Dios, ya había perdido la cuenta de las veces que había sido el chico nuevo del instituto, ese que va siempre solo, acompañado de su mochila, su música y su tabla, ese que pasa de prestar atención a alguien, porque sabe que a no mucho tardar tendrá que sacarle de su vida. "Bueno, venía a despedirme. El trabajo de mi padre...Ya sabes" Era asqueroso.

Noté a duras penas como el gentío se iba callando, les seguía viendo saltar y agitar el pelo como locos, dejando atrás todos los problemas, deseando desaparecer del mundo y mezclarse con los acordes de mi guitarra. Contemplé mi alrededor sorprendido, viendo como todo el mundo me aclamaba ¿A mí? A mí a los que estaban conmigo en el escenario...¿Kurt Cobain? Si, podía oírle cantar perfectamente Smells like teen spirit y en mis manos estaba la guitarra que en el minuto 3:15 tenía en su poder el solo, y...
-¿Qué cojones..?-un claxon profundo y molesto deshizo la burbuja, mi Fender, a Kurt, el escenario, los gritos y paré instintivamente la canción. Me aparté el pelo rubio de la cara y miré la lista de reproducción. Era obvio el porqué de mi sueño. Miré al frente para ver como mi padre azotaba el volante haciendo sonar el claxon mientras chillaba enfurecido a algo o alguien.
-¿Qué haces?-pregunté aún con la voz algo algo gastada y adormilada. Cualquiera diría que había estado en un concierto de rock auténtico y genuino, incluso podía sentir la huella de las cuerdas de la guitarra en las yemas de mis dedos.
-¡Odio Madrid! No se como no se mueren todos de un infarto.-bufó mientas daba un volantazo adelantando a un ofendido taxista y a varios coches que parecían más ir de paseo que por pleno Paseo de la Castellana. Resoplé y me dejé caer sobre el respaldo, disfrutando de la tranquilidad de un paso de cebra en rojo. Sin duda la gente en Madrid tenía una esencia especial, todos parecían más ocupados, refinados e interesantes que lo que recordaba en Barcelona. Sin duda Barna era mas hippie...Miré atento para ver pasar a la gente que atravesaba el paso de cebra, pero quien llamó mi atención no fue ninguno de ellos. Una moto se paró peligrosamente cerca de nosotros, al lado de la acera, juraría que era una Vespa. Dos muchachas esbeltas y divertidas bajaron de ella mientras se desprendían de sus cascos y de agitaban el pelo coquetas, sabiendo que atraerían miradas. Incluida la mía, hecho extraño a decir verdad. Era pelirroja, sonrisa juguetona y mirada pícara. Hablaba con rapidez a la otra muchacha.
-Toca el claxon- le impuse a mi padre mientras le ponía una mano en el hombre
-¿Cómo dices?-preguntó algo absorto por mi petición
-Tú hazlo-pedí de nuevo impacientándome mientras miraba el disco aún en color rojo.
Mi intuición no me falló, era de las típicas que siempre miran. Sus ojos se desviaron en la dirección de los míos, se encontraron un segundo y el coche arrancó. Yo sonreí casi para mi mismo y ella hizo un gesto con la mano con aires de suficiencia para después dedicarme el último segundo de su atención y volver a prestársela a su abundante melena rojiza.
-¿A qué ha venido eso, André?-no sabía si su tono era de verdadera curiosidad o si estaba un poco mosqueado por la actitud infantil tan poco propia de mí. Dejé un espacio de silencio antes de contestar.
-Simplemente quería comprobar una cosa. Da igual...-deseé que olvidara el tema.
No hubo más contestación por su parte.Volví a recordarla ¿Cómo se llamaría? ¿Dónde viviría? Bah ¿Por qué mierdas me interesaba yo por eso? Nos habíamos mirado unos instantes, nada más y seguro que ella pensando quien coño era aquel adolescente baboso de la ventanilla del sucio y raído Jeep.
-¿Sabes? Creo que a lo mejor puede gustarme Madrid...-dije sin más, sin ni siquiera molestarme en escuchar las palabras de mi padre. Le di al play de nuevo. Kurt y yo teníamos una cuenta pendiente.

 
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Lady Carmesí by Sofía Soltero Gonzalez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-Sin obras derivadas 3.0 España License.