jueves, 4 de marzo de 2010

La realidad supera a la ficción...(II)

La casa no era ninguna maravilla de la arquitectura. Simple, homogénea, sencilla. Muy acorde con los habitantes que la iban a ocupar. Mi padre y yo.
La ubicación daría por satisfechas mis necesidades en un futuro, estaba cerca del centro y el barrio parecía tranquilo y perfecto para encontrar pequeños refugios donde hacer cualquier cosa en soledad. La idea me pareció tan atractiva que hasta yo mismo me dí pena. Era algo triste tener esa mentalidad con diecisiete años. La soledad nunca lleva a nada bueno, como solía decir mi madre. Me estremecí al recordarla, hacía tanto tiempo que la había apartado de mi mente que me asusté al no saber si era capaz de recordar el color exacto de sus ojos.
La voz de mi padre me sacó del ensimismamiento en el que me había dejado sumergir.Hice caso de su petición y cogí las dos maletas que quedaban aún en el coche, volviendo a reparar por un momento en el entorno. El barrio era de clase media, nada lujoso ni con aires de grandeza, incluso parecía acogedor y se me asemejaba a un pequeño remanso en el bullicio agitado de la urbe madrileña. Cerré el maletero y me encaminé a la puerta que mi padre sujetaba a duras penas con el pie mientras intentaba responder a su teléfono. Al entrar la confortable sensación no desapareció. Giré sobre mis talones echando un ojo al mobiliario, poco elegante, que decoraba mi nuevo hogar postizo. -Al menos es...-pensé la palabra con sumo cuidado. No quería herir sentimientos-¿Utilitaria?-no sabía si aquella palabra existía según la RAE pero seguro que mi padre me entendería. Colgó el teléfono y me miró con expresión de "¿Qué has dicho?". Resoplé.
-¿Dónde está mi habitación?-cogí de nuevo las maletas ya dispuesto a encaminarme escaleras arriba al segundo piso.
-Eh..-seguía con su teléfono-la primera a la izquierda. O no. Espera creo que eso era el baño...Bueno da igual la del final del pasillo es la mía. De las otras dos elije la que quieras, porque dudo que quieras la boardilla-acto seguido desapareció rumbo al coche.
¿Boardilla? Sonaba bien. Según ascendía pensativo deseé que estuviera, al menos, libre de ácaros y polvo. Aunque fuera un espacio reducido no me importaría establecerme allí, sería luminosa y tranquila y podría tumbarme en el suelo para ver el cielo por la inclinada ventana.
El segundo piso era todo pasillo con habitaciones a ambos lados. No muy grandes ninguna de ellas pero suficiente para nosotros. Seguí subiendo escaleras hasta que llegué a la boardilla. La ventana estaba cubierta de polvo, en consecuencia la luz que iluminaba mi futura guarida era un poco pobre. Dejé las maletas en el suelo y comencé a examinarla cuidadosamente, mirando en los cajones de la mesa del escritorio, en el armario con olor a naftalina, en un baúl de madera vieja que había cerca de las escaleras. Todo habría estado vacío si no fuese porque estaba lleno de polvo. Oí unos pasos rápidos ascendiendo por la escalera. Apareció mi padre con una plena sonrisa a cuestas y se puso con los brazos en jarras, haciendo lo mismo que había hecho yo minutos antes. Examinar.
-¿Te quedas aquí?-asentí-Te va a tocar limpiar mucho, André. Yo tengo muchas cosas que hacer, si te quedas ya sabes lo que toca. No pienso dejar que vivas entre mierda-"no piensas dejar que viva entre mierda pero no vas a sacar un minuto de tu tiempo para ayudarme a limpiar lo que será mi habitat durante los próximos...¿7 meses?" desvié mi mirada de la suya.
-Esta bien, no te preocupes yo limpiaré...-asintió satisfecho y bajó apresuradamente por donde había venido. Torcí el gesto al verme allí de nuevo solo.
-Joder....solo con la porquería de la ventana podría crear un vertedero-sí, me gustaba exagerar. Me acerqué y pasé un dedo por el cristal. Error. Al instante me arrepentí de haberlo hecho. El negro no me favorecía. Quizá no exageraba... Después de aquel momento tan desmotivante me dejé caer en el desnudo colchón, y poco a poco me arrastraron las ganas de caer en brazos de Morfeo. Solo deseaba no soñar con ácaros y fregonas.

Los cinco días siguientes se pueden resumir en 4 palabras. Cepillos, fregonas, comida-precocinada y estornudos. Los "me cago en..." ,y diversas blasfemias, también estuvieron muy presentes. Si por algo se caracterizaba mi padre era por ser poco sufrido, y a él eso de limpiar, aunque fuera para él mismo, le hacía la misma gracia que a Amy Winehouse ir a rehabilitación.
Decidí saltarme el primer día de instituto, mi padre no opuso resistencia ya que se fue a trabajar y vivía demasiado sumergido en su mundo como para enterarse de que día comenzaba su hijo su último año académico en el instituto. Preferí asistir el segundo, por el simple hecho de que las cosas estarían más calmadas, la agitación sería menor...O eso esperaba.
Yendo en bicicleta me pillaba a unos quince minutos de casa, era público pero estaba en el centro, por lo tanto el ambiente sería algo exquisito, de eso estaba seguro. No estaba en ningún barrio obrero de la periferia, y eso se notaría. Me lamenté de mi suerte y aparqué mi bicicleta en un soporte que había a la entrada junto a otras ya estacionadas.
Mi Ipod seguía ambientándome, y hacía que ese momento pareciera más fácil, más ajeno, más ficticio..."Venga André, tu puedes, lo has hecho miles de veces. Una más no romperá el saco..." Me repetía a mi mismo mientras caminaba con la mochila en el hombro y las manos en los bolsillos de mis vaqueros; la camisa de cuadros abierta, una camiseta sencilla por dentro, Converse roídas por el roce contra la tabla. Tenía que habituarme a patinar con otro calzado.
Me eché el pelo hacia atrás, suspiré resignado y entré entre el bullicio. Una vorágine de adolescentes charlaba, gritaba y andaba apresurados en el hall. No me dejé impresionar.
Saqué la carta que me habían mandado hacía unos tres días del bolsillo con toda la información necesaria. Aula 32, edificio 3, 2º B. El camino se hizo inusualmente corto a pesar de que tuve que cambiarme de edificio. Cuando llegué aún no habían entrado, se oía el alboroto en el pasillo. Caras curiosas se posaron sobre mí cuando, decidido, entré en la clase con la mirada fija en algún punto muerto, en el suelo...en cualquier lugar que no fuera directamente la cara de ninguno de los que serían mis compañeros. Odiaba los primeros días. Observé como un grupo de chicas se daban la vuelta y cotilleaban algo. Me senté en un sitio pegado a la pared, tiré la mochila en la mesa y me sumergí en mi lista de reproducción. Aunque ni siquiera me dio tiempo, un profesor alto, delgado y con pelo blanco y cara de despistado entró por la puerta. Traía consigo un libro, unas hojas y unas gafas a medio caerse a la mitad de su pronunciado tabique. Guardé mi preciado tesoro en el bolsillo y me quedé observándole mientras pedía con voz enérgica que cada uno ocupara su asiento. El nivel de obediencia y rapidez me dejó gratamente sorprendido. Comenzó a pasar lista.
-André Romero -dijo mi nombre y varios se volvieron intentando buscar al desconocido al cual acababan de nombrar. Paseó la mirada intentando encontrarme, yo levanté el brazo ligeramente dándome a conocer. Pero el proceso quedó interrumpido, y la atención hacia mí suspendida, por el ruido de el picaporte al abrirse y por unas risas femeninas.
Dos muchachas, entraron en el aula y la primera se quedo mirando al profesor con cara de disculpa. Era castaña, de mediana altura y vestida con un atuendo que la aportaba poca personalidad, aunque se notaba que era ropa de calidad.
-Pandora Sanpedro-volvió a retomar su tarea colocándose las gafas.
-Sanpietro-corrigió una voz firme.
Al ver entrar a la susodicha no pude evitar recomponerme en mi silla y abrir los ojos más de lo usualmente necesario. Una rica melena rojiza adornaba su cabeza cubriéndola de suaves ondas que se asemejaban a un mar en llamas. Pude observar su sonrisa, blanca y exultante y sus ojos de un color hierba intenso. Tragué atónito retirándome el pelo hacia atrás. Algo ajeno a lo meramente superficial le aportaba un aura, para mí al menos, irresistible. Comenzaron a sudarme las manos, estaba sorprendido, extrañado, nervioso...¿Podía existir tal casualidad? El destino era caprichoso. Aún la recordaba, allí, próxima al paso de cebra, descendiendo ágil de la Vespa, aireándose el pelo con gracia. Joder era la muchacha por la que había obligado a mi padre a tocar el claxon. Me sentí estúpido. Aquellas cosas no ocurrían. Solo eran ficción.
Caminó airosa hasta sentarse con su acompañante en una mesa al fondo. Yo y unos cuentos más la seguimos con la mirada. Vestía una acertada y vaporosa camisa verde que hacía conjunto con sus ojos, un bolso en vez de mochila y unos pantalones blancos que realzaban su curvilínea y espectacular figura.
-Ustedes dos no pensaran sentarse juntas de nuevo ¿verdad?-preguntó retórica y arrogantemente el profesor, mirándolas fijamente a ambas.
-¿Algún problema profesor?-contrapuso la pelirroja.
-Ayer ya tuve suficiente. Usted misma cámbiese allí a aquel sitio libre.-su dedo apuntaba hacia mí. Miré mi asiento contiguo. Estaba vacío. ¡Mierda, mierda, mierda! Me obligué a serenarme y la miré indiferente mientras retiraba mi mochila de la mesa.
-No pienso moverme de aquí-afirmó tras regalarme una breve mirada de soslayo.
-¿Disculpe? ¿Cómo ha dicho?-preguntó el profesor enjuto mientras se quitaba las gafas, dándole aquel gesto mucho más énfasis a la pregunta.-Usted no es quien para cuestionar mis decisiones, señorita Sanpietro.
-No opino que le haya dado ningún motivo hoy como para que tome esa decisión-se la veía tranquila y serena, dueña de la situación. El resto de cabezas de la clase observábamos la escena como en un partido de tenis.
-De acuerdo. Denle las gracias a su compañera. A partir de hoy en todas mis clases se establecerá la colocación por orden de lista. Punto final-todo el mundo estalló en quejas y reproches, pero ninguno dirigida hacia ella. Sorprendente. Parecía que caía en simpatía aún comportándose como lo hacía.
Nos obligó a todos a levantarnos, aunque en mi caso fue algo inútil puesto que me tocó en el mismo sitio. Para ella no lo fue tanto. Le tocó a mi lado.
Su mirada era inquisitiva, dura y parecía que me estaba reprochando algo.
-¿Y tú eres...?-preguntó con desdén tras habernos situado y calmado todos. Callé unos segundos y la miré.
Aquello me iba a resultar más difícil de lo que creía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

 
Creative Commons License
Lady Carmesí by Sofía Soltero Gonzalez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-Sin obras derivadas 3.0 España License.